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1 de agosto de 2026·4 min·INNOVATION

"No tengo nada para preguntar"

ABI es un plataforma de inteligencia artificial que acompaña a los estudiantes fuera del aula: responde dudas mostrando de dónde sale cada respuesta, propone recorridos de estudio, evalúa lo aprendido y sigue el progreso de cada uno. Este artículo cuenta cómo surgió, por qué el hallazgo más importante del proyecto no fue técnico —los alumnos valoraron más ser guiados que ser respondidos—, cómo sus preguntas terminaron modificando el programa del curso y por qué nada de esto reemplaza al docente.

El tutor que no se va cuando termina la clase

ABI es una plataforma de inteligencia artificial que acompaña a los estudiantes fuera del aula: responde dudas, guía recorridos de estudio y sigue el progreso de cada uno. Su mayor beneficio no resultó ser tecnológico, sino humano: que nadie se quede con la duda intacta.

Cualquiera que haya dado clase conoce la escena. Termina la hora y, mientras se guardan las cosas, dos o tres alumnos se acercan al escritorio a preguntar. Son siempre los mismos: los que se animan, los que no tienen que salir corriendo al trabajo, los que llegaron con la duda ya formulada. El resto se va con la pregunta adentro. A veces la resuelve esa misma noche. Casi siempre, la abandona.

Esa escena fue el punto de partida de ABI, un asistente de inteligencia artificial que desarrollé para extender el acompañamiento más allá del aula. La pregunta que lo originó no era técnica: ¿cómo hacemos para que el contenido de un curso siga disponible cuando la clase ya terminó?

Qué hace, en criollo

ABI no es un buscador de internet ni uno de esos chatbots que responden sobre cualquier cosa. Es más parecido a tener disponible, a cualquier hora, a tu mejor compañero de estudios, al que leyó cada una de las clases, los ejercicios, los apuntes y la documentación del curso.

Cuando un alumno pregunta algo, ABI busca en ese material los fragmentos que responden a la duda, arma una explicación y, este punto es el importante, muestra de dónde sacó cada cosa. El estudiante no recibe una respuesta caída del cielo: recibe una respuesta y un camino de vuelta al apunte original. Un asistente que responde sin fuentes invita a creerle. Uno que responde con fuentes invita a verificar. En educación, la segunda actitud es la que queremos formar.

Lo que no esperaba: el problema no era responder

Cuando les mostré las primeras versiones a los alumnos, esperaba que valoraran las respuestas. Y sí, las valoraron. Pero lo que más destacaron fue otra cosa, y uno de ellos lo dijo mejor de lo que yo lo hubiera escrito:

"El agente me ayuda guiándome en el recorrido, no solo espera mis preguntas, sino que me propone el camino, eso me salva cuando estoy perdido o no tengo nada para preguntar."

"No tengo nada para preguntar." Ese comentario me obligó a repensar el proyecto entero. Yo había asumido que el alumno llega con una duda formulada y necesita una respuesta. En muchos casos es al revés: el alumno sabe que algo no entendió, pero no sabe qué. La página en blanco no es solo un problema de escritores.

Por eso ABI dejó de ser solamente un lugar donde hacer preguntas. Hoy organiza recorridos de estudio guiados, propone actividades, toma evaluaciones breves para verificar si un concepto quedó claro y permite retomar exactamente donde uno dejó, aunque hayan pasado tres semanas. También hace preguntas él, que resultó ser tan importante como responderlas.

Quien acompaña sigue siendo una persona

Del otro lado ocurre algo menos visible. Esas mismas interacciones le muestran al docente en qué conceptos se traban más alumnos y en qué punto suele interrumpirse un recorrido.

Y la intervención humana forma parte del diseño, no es un parche. Si el estudiante pide hablar con un profesor, la consulta se deriva directamente. Y si una respuesta no alcanza el estándar definido o toca un tema que el sistema no debería resolver solo —una nota, un criterio de aprobación, una duda delicada—, esa respuesta en particular queda en espera: un docente la aprueba, la corrige o la reescribe antes de que el alumno la reciba.

No se trata de reducir el aprendizaje a una métrica ni de dejar decisiones sensibles en manos de una máquina. Se trata de llegar a tiempo: saber quién se está quedando atrás mientras todavía se puede hacer algo.

Quién gana con esto

Primero, los que menos margen tienen. No todos los alumnos tienen las mismas posibilidades de preguntar: el que trabaja de noche, el que viaja dos horas, el que es tímido, el que se da cuenta de que no entendió recién el domingo a la tarde, cuando se sienta a estudiar. Un docente no puede estar disponible siempre. Un asistente sí. No es lo mismo, pero es mucho mejor que nada.

Segundo, los que van a otro ritmo. En un aula, la explicación es una sola para treinta personas: alguien necesita el concepto de nuevo, más despacio, y otro ya lo entendió y quiere ir más lejos. Con ABI, el estudiante puede pedir la misma idea con más detalle, con otro ejemplo o conectada con un tema anterior, sin tener que elegir entre frenar a todo el curso o quedarse atrás en silencio.

Y tercero, algo que no había previsto: el curso mismo.

Cuando el alumno te corrige el programa

Al revisar las consultas apareció un patrón: muchos alumnos preguntaban por comunicación entre agentes —cómo hace un sistema de inteligencia artificial para coordinarse con otro—, un tema que en el material estaba apenas mencionado.

No lo detecté por intuición docente ni por leer sobre tendencias. Lo detecté porque las preguntas insistían. Hoy ese tema está desarrollado en el programa.

Ese es probablemente el efecto más interesante de todo el proyecto. Las preguntas de los estudiantes, agrupadas, son un mapa de las dificultades y los intereses reales del curso. No de los que uno supone como docente: de los que efectivamente aparecen. Ese material siempre existió, pero se perdía en el pasillo, en el chat del grupo o en la duda que nunca se dijo en voz alta.

La objeción obvia

¿No es esto una máquina de hacer trampa?

Es la primera pregunta que aparece y merece una respuesta honesta. ABI no está pensado para resolver ejercicios en lugar del alumno, sino para explicarlos: responde apoyado en el material del curso, muestra las fuentes y devuelve al estudiante al texto en vez de reemplazarlo.

Pero conviene no ser ingenuo. Ninguna herramienta garantiza el buen uso por sí sola. Lo que cambia el resultado es cómo se evalúa. Si la única instancia de evaluación es una tarea que se hace en casa, el problema existía mucho antes de la inteligencia artificial. Si las clases se usan para discutir y poner a prueba lo estudiado, un asistente que prepara mejor a los alumnos para ese encuentro juega a favor.

Lo que la tecnología no reemplaza

Hay algo que ABI no puede hacer, y conviene decirlo con todas las letras: no puede leer una cara de desconcierto en la tercera fila. No puede intuir que una pregunta esconde otra. No puede desafiar a un alumno que se está acomodando ni construir esa conversación colectiva donde una duda ajena termina siendo la propia.

Eso lo hace un docente. Y lo seguirá haciendo. El valor de un agente como ABI no está en ocupar ese lugar, sino en liberarlo: si las preguntas repetitivas encuentran respuesta fuera del aula, el tiempo de clase queda disponible para lo que solo puede pasar ahí.

El punto

Se habla mucho de incorporar inteligencia artificial a la educación. Se habla bastante menos de para qué. La tecnología no mejora el aprendizaje por el solo hecho de estar presente; lo mejora cuando resuelve un problema que se puede nombrar: un alumno que no pudo preguntar, un concepto que quedó flojo, un tema que el programa no estaba cubriendo.

La escena del principio no desapareció. Sigue terminando la hora y siguen acercándose dos o tres al escritorio, siempre los mismos. La diferencia está en los otros veintiocho.